miércoles, 18 de mayo de 2011

La Santísima Trinidad

Catequésis y Trisagio en su honor

Tú eres Santo, Señor Dios único, que haces maravillas;
Tú eres fuerte,
Tú eres grande,
Tú eres altísimo;
Tú eres Rey omnipotente;
Tú eres, Padre Santo, el Señor del universo;
Tú eres Trino y uno, Señor Dios, todo bondad;
Tú eres el bien, Dios vivo y verdadero, todo bien, el sumo bien;



Contenido
Catequésis
Cántico de alabanza>>
Dios se da a conocer>>
Un solo y único Dios>>
La Santísima Trinidad>>
Dios Padre>>
Dios Hijo>>
Dios Espíritu Santo>>
Glorificación de la Santísima Trinidad>>
Consagración a la santísima Trinidad>>
Trisagio
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Alabanza a Dios Padre>>
Alabanza a Dios Hijo>>
Alabanza a Dios Espíritu Santo>>
Gozos>>
Oración Final>>
Acción final de gracias (Te Deum)>>



Catequésis

Cántico de alabanza

Nada es tan bello en la vida como conocer a Dios, aún con las limitaciones de nuestro conocimiento humano imperfecto. Nada es tan grande en la vida como relacionarnos con Él para adorarle y amarle, aún en medio de nuestras imperfecciones y miserias. Por ello, empezamos esta breve catequesis acerca de la Santísima Trinidad con un canto de alabanza a Dios, que para salvarnos se nos ha manifestado en el esplendor de su ser y de su actuar y que, al salvarnos, se relaciona con nosotros en la magnificencia de su grandeza, de su sabiduría y de su bondad.
En conocer a Dios y relacionarnos con él para adorarle y amarle radica, en realidad, lo más importante y necesario de nuestra existencia en la Tierra. Constituye la esencia profunda de nuestras raíces, pues de él, todos venimos. Constituye asimismo, nuestro auténtico y maravilloso mañana, pues hacia él, todos vamos, siendo él el último y supremo fin de nuestra vida.

Alabémosle, pues, con agradecimiento y veneración y, como San Francisco de Asís, digámosle:

Tú eres Santo, Señor Dios único, que haces maravillas;
Tú eres fuerte,
Tú eres grande,
Tú eres altísimo;
Tú eres Rey omnipotente;
Tú eres, Padre Santo, el Señor del universo;
Tú eres Trino y uno, Señor Dios, todo bondad;
Tú eres el bien, Dios vivo y verdadero, todo bien, el sumo bien;
Tú eres quietud, gozo y alegría;
Tú eres justicia y templanza;
Tú eres la plenitud de nuestra riqueza;
Tú eres hermosura y mansedumbre;
Tú eres protector, custodio y defensor;
Tú eres fortaleza y refugio;
Tú eres nuestra esperanza y nuestra fe;
Tú eres la gran dulzura nuestra;
Tú eres nuestra vida eterna,
Dios admirable y misericordioso Salvador.

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Dios se da a conocer

En los orígenes de nuestro conocimiento de Dios, está Dios mismo. De él es la iniciativa de comunicarse con nosotros, sus criaturas e hijos. Y podemos afirmar que en donde se encuentre un ser humano, allí está Dios para comunicarse con él y darse a conocer.
Tan admirable hecho se llama Revelación Divina. Sin esta, desconoceríamos totalmente quien es Dios.
Hay una maravillosa manifestación de Dios.
Es el testimonio que él ha dejado de sí mismo, desde siempre y para todos los hombres, en la creación entera.
Es la voz del universo: sinfonía inmensa, que pregona la omnipotencia, sabiduría y bondad de su creador y se difunde por doquier llegando, inconfundible, hasta lo más hondo del ser humano, que es su conciencia.
Por el camino de la recta razón, esta universal manifestación divina lleva al hombre al conocimiento natural de Dios: a reconocerlo como el Ser Supremo, que todo lo rige y gobierna y que impulsa a las personas a hacer el bien y evitar el mal.
Pero hay, también, otra conmovedora Revelación de Dios.
Es su Revelación directa, relacionada con nuestra historia salvífica: es Dios invisible, que entra en el curso de la historia humana y, con acciones y palabras, se abre y manifiesta a los hombres para que todos y cada uno de ellos lo conozcan tal como es él. Así, conociéndole, crean en él, lo adoren, cumplan con su voluntad, entren en comunión con él y lo amen como auténticos hijos suyos.
La Revelación directa de Dios a los hombres, se va efectuando gradualmente, por etapas y a lo largo de muchos años. La Constitución Dogmática Sobre la Revelación Divina del Vaticano II condensa así este admirable proceso:

“Queriendo Dios abrir el camino de la salvación sobrenatural, desde el principio, se revela a nuestros primeros padres. Después de su caída los levantó a la esperanza de la salvación con la promesa de la redención y cuidó continuamente del género humano, para dar la vida eterna a todos los que buscan la salvación con la perseverancia en las buenas obras.
Al llegar el momento, llamó a Abraham para hacerlo padre de su gran pueblo.
Después de la edad de los Patriarcas, instruyó a dicho pueblo, por medio de Moisés y los Profetas, para que lo reconocieran como Dios único y verdadero, como padre providente y justo juez y para que esperara al Salvador prometido. De este modo fue preparando, a través de los siglos, el camino del Evangelio.
En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo. Pues, envió a su Hijo, la Palabra Eterna que alumbra a todo hombre, para que habitara entre los hombres y les manifestara los misterios divinos.
Jesucristo, palabra hecha carne, Hombre enviado a los hombres, habla las palabras de Dios y realiza la salvación que el Padre le encargó.
Quién ve a Jesucristo, ve al Padre. Él con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa resurrección, con el envío del Espíritu de la Verdad, lleva a plenitud toda la Revelación y la confirma con testimonio divino, a saber, que Dios está con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte y hacernos resucitar a una vida eterna.” (DV, 3-4)

Lo que Dios ha hecho y dicho, permanece. Su palabra es de ayer, de hoy y de siempre y nos llega, viva y actual, en la Sagrada Biblia y en la Tradición apostólica. La Iglesia, fundada por Cristo como señal y medio de salvación en el mundo, la interpreta fielmente y nos invita de continuo a escucharla y a practicarla.
Por el don de la fe, que nos dispone y ayuda a creer libre y firmemente en lo que Dios nos ha revelado, entramos en el mundo de la Redención y nos abrimos al conocimiento sobrenatural de Dios: de Dios que ha venido a nosotros para salvarnos y, al realizar su plan salvífico, se revela como un solo y único Dios en tres divinas personas, la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
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Un solo y único Dios

Al rezar el Credo proclamamos las fundamentales verdades de la fe que profesamos y a las cuales nos adherimos. Nuestra profesión de fe cristiana empieza con las palabras: Creemos en un solo y único Dios.
Que haya un solo y único Dios resulta, clarísimo, de toda la Revelación y podemos afirmar que es la primera y básica verdad que nos enseña la Sagrada Escritura.
Dios se revela como el solo Ser supremo: único Espíritu purísimo, exento de toda materia, límite o defecto; único Ser perfectísimo, no sujeto a tiempos y lugares, que todo puede y conoce, y que reúne todo bien por ser infinitamente justo, bueno, santo; único Principio y Fin de todas las cosas, ya que cuanto existe ha sido creado por él y para su gloria; único Ser absoluto, que se da a conocer a los hombres y se hace su aliado para redimirlos del pecado y regresarlos a su amor y a su felicidad.
Dios se revela como el solo Dios universal: el Dios de nuestros primeros padres, de los patriarcas, de los profetas, de los sabios de Israel; el Dios de Jesucristo y de todos sus fieles discípulos; el Dios, lo reconozcan o no, de todos los hombres de cualquier tiempo y de cualquier lugar.
Dios es El que es, desde siempre y para siempre.
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La Santísima Trinidad

Suma Verdad, Dios ni se equivoca ni nos engaña. Al salvarnos, se da a conocer como Trinidad Santísima: como Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es el misterio de un solo Dios en tres Personas iguales y distintas.
  • El Padre es la primera Persona de la Santísima Trinidad, porque no procede de otra persona y de él proceden las otras dos: el Hijo y el Espíritu Santo.
  • El Hijo es la segunda Persona de la Santísima Trinidad, porque es engendrado por el Padre y con el Padre es principio del Espíritu Santo.
  • El Espíritu Santo es la tercera Persona de la Santísima Trinidad, porque procede del Padre y del Hijo.
Cada una de las divinas Personas de la Santísima Trinidad es realmente distinta una de la otra. Y sería un grave error decir que una de ellas sea anterior, más grande o más perfecta, que las otras.

Acerca de la revelación de este altísimo misterio podemos decir: el Antiguo Testamento es la revelación preferencial de Dios uno y único, mientras que el Nuevo Testamento es la revelación preferencial de Dios en tres divinas Personas. Jesucristo nos ha revelado, de hecho, el misterio de la Santísima Trinidad:
“A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único, que es Dios y está en el seno del Padre, nos lo ha dado a conocer” (Jn 1, 18).
El misterio trinitario no se opone a la luz de nuestra razón, pero supera infinitamente todas las inteligencias creadas. Dios lo ha revelado para que el obsequio de nuestra fe y de nuestro amor a él sea verdadero y auténtico.

Al salvarnos, Dios entra en nuestra vida y se relaciona con nosotros como Trinidad:
  • Se relaciona con nosotros el Padre, que con cariño nos invita a compartirnos su amor y su felicidad.
  • Se relaciona con nosotros el Hijo, que por nosotros y por nuestra salvación se hizo hombre y murió en la cruz.
  • Se relaciona con nosotros el Espíritu Santo, que está presente en las almas en gracia para realizar, con sus dones y carismas, lo que de ellas quiere el Padre y cuanto por ellas hizo el Hijo.

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Dios Padre

Desde la eternidad, él es el Padre del Verbo Eterno, su Hijo Unigénito, engendrado por él como Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero. En el tiempo y desde la creación, él es el Padre de nosotros los hombres, creados por él a su imagen y semejanza.
Del Padre suyo y nuestro nos habla con frecuencia Jesucristo: nos lo manifiesta (Mt 11, 27) y revela a nuestras mentes y a nuestros corazones su voluntad, su omnipotencia, su providencia, su justicia, su comprensión, su generosidad, su inmensa ternura, su santidad, su fidelidad.
Entre lo dicho por Jesús de Dios Padre, aún podemos recordar:
...que el mismo Jesús ha venido al mundo, enviado por él y que en todo procura cumplir con su voluntad (Mt 26, 42);
...que es nuestro Padre del Cielo (Mt 23, 9);
...y quiere que todos nos salvemos (Mt 18, 14);
...que entran en su Reino sólo aquellos que en la tierra cumplen con su voluntad (Mt 7, 21);
...que debemos adorarlo en espíritu y en verdad (Jn 4, 23);
...que sabe lo que necesitamos (Mt 6, 7-8);
...y responde a nuestras oraciones, dándonos lo mejor para nosotros (Lc 11, 13);
...que hagamos obras buenas para que al verlas los demás hombres lo glorifiquen (Mt 5, 15);
...que sepamos perdonar para que seamos en verdad sus hijos (Mt 5, 45);
...que siempre esperan nuestro regreso a él para compartir con nosotros su amor y su Reino (Lc 11, 3-23)
Jesús nos ha revelado al Padre para que vivamos como hijos suyos. Verdad asombrosa, que debe llevarnos a una constante actitud filial de adoración y de súplica hacia él.
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Dios Hijo

Dios Hijo es la Palabra eterna del Padre, perfecta expresión de su poder, de su sabiduría, de su bondad.
Por él se han hecho todas las cosas siendo, así, el único y verdadero Señor del Universo para la gloria del Padre. Por él fuimos redimidos de la esclavitud del pecado siendo, así, el solo y exclusivo Salvador de todos los hombres.
Al encarnarse, tomó nuestra naturaleza humana, sin dejar su naturaleza divina. Él es, pues, verdadero Dios y verdadero Hombre: verdadero Dios, igual que el Padre y Espíritu Santo y verdadero Hombre, igual que nosotros.
Como hombre es nuestro hermano en todo, excepto en el pecado. Para redimirnos entrega su vida por nosotros.
El Verbo encarnado y redentor es nuestro Camino, nuestra Verdad y nuestra Vida.

Él es nuestro Camino: el buen Pastor, que nos enseña, conduce y lleva rumbo a la salvación.

Él es nuestra Verdad: el verdadero Profeta, que nos revela los misterios divinos y nos ilumina sobre el sentido y el fin de nuestra existencia.

Él es nuestra Vida: el sumo y eterno Sacerdote, que nos relaciona con Dios y nos comunica la vida divina y eterna, que él ha tenido desde siempre y que nos mereció con el sacrificio de su propia vida.

La misión redentora de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad sigue, en el curso de los siglos, en la Iglesia por él fundada. Y, al final de los tiempos, regresará como juez universal para juzgar a todos los hombres, dando un premio eterno a quienes hicieron el bien y un castigo eterno a quienes hicieron el mal.
Sea individual o comunitariamente, los cristianos nos relacionamos con Cristo: una relación múltiple, profunda, clarísima, santificadora.
Esta relación, signo de la autenticidad de la fe que profesamos conlleva:
  • que acudamos a él como nuestro Redentor y Maestro;
  • que escuchemos sus palabras y las llevemos a la practica;
  • que cumplamos con él la voluntad del Padre;
  • que imitemos su bondad y generosidad;
  • que amemos a Dios y a los hombres como él los ha amado;
  • que seamos agradecidos por cuanto ha hecho por nosotros;
  • que evitemos alejarnos de él con el pecado;
  • que en su nombre pidamos al Padre cuanto necesitemos;que participemos de los Sacramentos, en especial de la Eucaristía, para que nuestra unión con él sea más estrecha, más íntima, más perfecta y permanezca para siempre.

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Dios Espíritu Santo

En muchas ocasiones, Jesús habla de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad a sus discípulos: la anuncia como el Don vivo y personal, que recibirán, enviado por el Padre y por él, para instruirlos, consolarlos, fortalecerlos y acompañarlos siempre.
La promesa de Jesús se cumple en Pentecostés: como un viento impetuoso el Espíritu Santo envuelve a los discípulos reunidos en el Cenáculo con la Virgen María y, en formas de lenguas de fuego, se posa sobre cada uno de ellos. Así el Amor eterno se difunde sobre aquel pequeño grupo de elegidos, que forma la incipiente Iglesia y permanecerá el ella, como en su Templo santo, para sostener e iluminar su fe, suscitar y promover su caridad y mantener y acrecentar su esperanza.
En cada cristiano, el milagro de Pentecostés se renueva el día que recibe el sacramento de la Confirmación: en ese día, el Espíritu de Dios viene a él en plenitud y, con sus dones y carismas, lo impulsa a llevar una vida cristiana activa, fuerte y santa.
Bajo el signo de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad se realiza cuanto viene de Dios y cuanto a Dios lleva: en él se relacionan y comunican con nosotros Dios Padre y Dios Hijo; en él, estando en gracia, nos relacionamos y comunicamos con Dios Padre y Dios Hijo; en él, nos relacionamos y comunicamos entre nosotros como hijos de Dios y miembros de su Pueblo santo.
Señor y dador de vida, el Espíritu Santo permanece en la Iglesia y en las almas en gracia, para llevar a pleno cumplimiento nuestra salvación, querida por el Padre y efectuada por el Hijo.
De aquí, su inefable y poderosa acción en nosotros para que seamos cristianos de fe viva y de fidelidad plena a Jesucristo y a su Iglesia.
Y de aquí también, nuestra generosa respuesta a la misión santificadora, que el Espíritu de Dios va realizando en nuestra vida espiritual. Respuesta que debe traducirse:
  • en ser dóciles a sus inspiraciones;
  • en agradecer su presencia y su ayuda;
  • en invocarle en las decisiones importantes de nuestra vida;
  • en hacer fructificar los dones y carismas, que nos concede;
  • y en no contristarlo con la apatía e indiferencia religiosa.

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Glorificación de la Santísima Trinidad

Centro de la fe y de la vida cristiana, la Santísima Trinidad es glorificada continuamente por la Iglesia: todo el año litúrgico es un inmenso himno de acción de gracias, de alabanza y de súplica a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.
La glorificación eclesial de la divina Trinidad debe reflejarse en nuestra vida de oración personal y privada.
Desde luego, hay muchas formas y maneras de glorificar a Dios Uno y Trino. Más aún: toda oración, que dirigimos a Dios, es una glorificación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Una de las formas más sencillas de honrar a la Santísima Trinidad es hacer, con frecuencia y devotamente, la señal de la Santa Cruz. En su solemne simplicidad, esta señal encierra la aceptación y confesión del sublime misterio de un Dios en tres Personas; y es, al mismo tiempo, el testimonio por nuestra parte de su Revelación, hecha eficaz y vital con la presencia en nosotros del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo por medio del Sacrificio de Cristo en la Cruz.
Otra forma de glorificar a la Santísima Trinidad es el rezo del Trisagio; rezo entretejido de elementos bíblicos y litúrgicos, siempre loable para dar gloria a Dios e implorar sus bendiciones.

Concluimos esta breve catequesis trinitaria con una oración para consagrar toda nuestra vida a Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
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Consagración a la santísima Trinidad

¡Oh Beatísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo! Te debo lo que soy por crearme, redimirme y santificarme.

Te pertenezco en cuerpo y alma.

Por lo mismo te amo, te doy gracias, te adoro.

Tú, mi Dios, te entregaste a mí con infinita generosidad.

Mi agradecimiento por ti siempre será pequeño e imperfecto.

En adelante, quiero entregarme totalmente a ti.

Por lo mismo, desde ahora, ofrezco, entrego y consagro a ti lo que soy y lo que hago: que todo en mí, sea acción de gracia y adoración para ti ¡Oh Dios Padre!

¡Oh Dios Hijo! ¡Oh Dios Espíritu Santo! ¡Oh Beatísima Trinidad! Ayúdame a cumplir con mi promesa.

Por Cristo, nuestro Señor. Amén.

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Trisagio


Preces iniciales:
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Abre, Señor, mis labios y mi boca proclamará tu alabanza:
Ven, Dios mío, en mi auxilio;
Acude, Señor mío, en mi ayuda,
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo; como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Proclamación:
¡Oh Trinidad Santísima! Dios único y eterno en tres divinas Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Yo creo firmemente en este misterio de tu Ser y de Tú operar, que nos has revelado para salvarnos. Te suplico: ilumina mi inteligencia para que te conozca mejor.
¡Oh Trinidad Santísima! Dios único y eterno en tres divinas Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Yo te adoro como el sólo y verdadero Dios, Principio y Fin de todas tus criaturas. Te suplico: fortalece mi voluntad para que pueda honrarte y glorificarte siempre más.
¡Oh Trinidad Santísima! Dios único y eterno en tres divinas Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Yo te amo sobre todas las cosas, ya que Tú me has amado, desde siempre, con un amor infinito. Te suplico: atrae a ti mi corazón para que mi amor por ti sea más grande y más fuerte.
Por Cristo, nuestro Señor. Amén.

Lectura
El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Solo Dios puede dárnoslo a conocer revelándose como Padre, Hijo, y Espíritu Santo.
La fe católica es ésta: que veneremos un Dios en la Trinidad y la Trinidad en la Unidad, no confundiendo las Personas, ni separando las sustancias: una es la Persona del Padre, otra la del Hijo, otra la del Espíritu Santo; pero del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo una es la divinidad, igual la gloria, eterna la majestad.
Las Personas divinas, inseparables en su ser, son también inseparables en su obrar. Pero en la única operación divina cada una manifiesta lo que le es propio en la Trinidad (Catecismo de la Iglesia Católica, NS 261-267)
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Alabanza a Dios Padre

Con los Serafines
Se reza el Padre nuestro y se repite, por tres veces, la siguiente invocación:
  • Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los Ejércitos; llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
  • Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal; ten compasión de nosotros.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo; como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Con los Querubines
Se reza el Padre nuestro y se repite, por tres veces, la siguiente invocación:
  • Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los Ejércitos; llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
  • Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal; ten compasión de nosotros.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo; como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Con los Tronos
Se reza el Padre nuestro y se repite, por tres veces, la siguiente invocación:
  • Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los Ejércitos; llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
  • Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal; ten compasión de nosotros.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo; como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

¡Oh primera divina Persona de la Santísima Trinidad, Dios Padre! Te alabamos, Te damos gracias y Te amamos, como hijos tuyos, por todas las cosas buenas y maravillosas que has hecho y haces por nosotros. En especial, ¡oh Padre omnipotente y amorosísimo!: por el don de la vida y de su conservación; por enviarnos a tu Hijo Unigénito a redimirnos; por elegirnos como tu Pueblo santo; por invitarnos constantemente a regresar a tu amor; por ofrecernos tu infinita misericordia y perdón; por compartir con nosotros tu Reino eterno y tu soberana felicidad. Amén.
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Alabanza a Dios Hijo

Con las Dominaciones
Se reza el Padre nuestro y se repite, por tres veces, la siguiente invocación:
  • Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los Ejércitos; llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
  • Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal; ten compasión de nosotros.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo; como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Con Las Virtudes
Se reza el Padre nuestro y se repite, por tres veces, la siguiente invocación:
  • Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los Ejércitos; llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
  • Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal; ten compasión de nosotros.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo; como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Con las Potestades
Se reza el Padre nuestro y se repite, por tres veces, la siguiente invocación:
  • Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los Ejércitos; llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
  • Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal; ten compasión de nosotros.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo; como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

¡Oh segunda divina Persona de la Santísima Trinidad, Dios Hijo! Te alabamos, Te damos gracias y Te amamos, como hermanos tuyos, por todas las cosas buenas y maravillosas que has hecho y haces por nosotros. En especial, ¡Oh Palabra divina, eterna y salvadora!: por venir al mundo y hacerte nuestro hermano para redimirnos; por enseñarnos la verdad acerca de Dios y de su santa Voluntad; por indicarnos el camino para regresar al Padre tuyo y nuestro; por merecernos la vida eterna con tus sufrimientos y muerte; por darnos la Iglesia y los Sacramentos; por dejarnos en el Evangelio tu palabra y tu ejemplo; por estar siempre con nosotros en la Eucaristía; por enviarnos al Espíritu Santo para que todos vivamos en el amor que nos une a Dios y entre nosotros. Amén.
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Alabanza a Dios Espíritu Santo

Con los Principados
Se reza el Padre nuestro y se repite, por tres veces, la siguiente invocación:
  • Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los Ejércitos; llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
  • Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal; ten compasión de nosotros.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo; como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Con los Arcángeles
Se reza el Padre nuestro y se repite, por tres veces, la siguiente invocación:
  • Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los Ejércitos; llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
  • Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal; ten compasión de nosotros.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo; como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Con los Ángeles
Se reza el Padre nuestro y se repite, por tres veces, la siguiente invocación:
  • Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los Ejércitos; llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
  • Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal; ten compasión de nosotros.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo; como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

¡Oh tercera divina Persona de la Santísima Trinidad, Dios Espíritu Santo! Te alabamos, Te damos gracias y Te amamos, como amigos tuyos, por todas las cosas buenas y maravillosas que has hecho y haces por nosotros. En especial, ¡Oh Amor eterno, infinitamente dulce y santo!: por tu presencia suave y consoladora en la Iglesia y en las almas en gracia; por disponernos al total servicio de Cristo y de la comunidad eclesial; por promover y urgir nuestra caridad hacia todas las personas; por iluminar y sostener nuestra fe; por fortalecer y madurar nuestra esperanza en la vida eterna y sus bienes; por llevarnos con tus dones y carismas, a una santidad dinámica y rebosante. Amén.
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Antífona
Tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo y estos tres son una misma cosa.
Bendigamos al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Alabémosle y ensalcémosle por todos los siglos.

Gozos

¡Señor Dios! En dulce canto
te alaban los Querubines.
Y Ángeles y Serafines
dicen: Santo, Santo, Santo.

Eterna y pura deidad,
de incomparable excelencia,
que en la unidad de tu esencia
encierras la Trinidad:
de nuestra fe la humildad
Te adora en sencillo canto.
Y Ángeles y Serafines
dicen: Santo, Santo, Santo.

Tu piedad y tu ternura
van diciendo las edades.
Y en el mar de tus bondades
se pierde toda criatura.
Tu disipas la amargura
y enjugas el triste llanto.
Y Ángeles y Serafines
dicen: Santo, Santo, Santo.

Tú del hombre delincuente
tiernos suspiros recoges,
y sus plegarias acoges,
porque eres Padre clemente.
¿Quién, amándote, no siente
trocarse en dicha el quebranto?
Y Ángeles y Serafines
dicen: Santo, Santo, Santo.

Nuestros padres celebraron,
con sus cánticos de gloria,
de tus prodigios la historia.
¡Qué gozosos admiraron!
La fe, Señor, nos legaron,
que es nuestro escudo y encanto.
Y Ángeles y Serafines
dicen: Santo, Santo, Santo.

Cuando tu justa venganza
con plagas al hombre aterra,
hace estremecer la tierra
y airada sus rayos lanza,
la luz de nuestra esperanza
es tu nombre sacrosanto.
Y Ángeles y Serafines
dicen: Santo, Santo, Santo.

Tus excelsas bendiciones
derramas pródigo y tierno.
Y a tus hijos ¡Dios eterno!
colmas de inefables dones,
para su dicha dispones
tanto bien, prodigio tanto.
Y Ángeles y Serafines
dicen: Santo, Santo, Santo.

¡Quién del amante Isaías
ardiera en el sacro fuego
para alzar su humilde ruego
en divinas melodías!
Supla a nuestras voces frías
de la tierra y del mar el canto.
Y Ángeles y Serafines
dicen: Santo, Santo, Santo.

Por el misterio que adora
¡Oh Dios! Tu escogida grey
siga tu divina ley.
y de la muerte en la hora,
con su sombra bienhechora
nos cubra tu regio manto.
Y Ángeles y Serafines
dicen: Santo, Santo, Santo.

¡Señor Dios! En dulce canto
te alaban los Querubines.
Y Ángeles y Serafines
dicen: Santo, Santo, Santo.

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Antífona

Al proclamar la Trinidad Beatísima proclamamos a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo: a Dios Uno y Trino, en el cual creemos, al cual adoramos, al cual amamos, en el cual hemos depositado todas nuestras esperanzas en la vida presente y futura; a Dios Uno y Trino, que está presente en nuestra vida, que nos quiere, que escucha nuestras súplicas, que nos perdona, que nos ayuda a santificarnos para compartir con nosotros su felicidad y Reino eterno.
Bendigamos al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Alabémosle y ensalcémosle por todos los siglos.
Oración:
Oh Dios omnipotente y eterno, que en la proclamación de la verdadera fe, has concedido a tus siervos reconocer la gloria de la Santísima Trinidad y de tu indisoluble Unidad: te pedimos, que por la firmeza de nuestra fe, nos protejas y defiendas de todas las adversidades.
Por Cristo, nuestro Señor. Amén.
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Acción final de gracias (Te Deum)

A ti, ¡Oh Dios! Te alabamos;
A ti, Señor, te glorificamos.
A ti, eterno Padre,
te aclama la creación entera.
A ti, todas las Potestades del cielo
te honran
A ti, los Querubines y los Serafines
te adoran, cantando sin cesar:

Santo, Santo, Santo,
Dios Omnipotente;
llenos están de tu gloria,
el cielo y la tierra.

A ti, el glorioso coro de los Apóstoles,
a ti, el gran número de los profetas,
A ti, el cándido ejército de los mártires,
testifican tu gloria con júbilo.

A ti, extendida por el mundo entero,
la Santa Iglesia te proclama:
Padre de inmensa majestad;
Hijo único y adorable del Padre;
Espíritu Santo, que ha sido enviado a nosotros.

¡Oh Cristo!
Tú eres el Rey de la gloria;
Tú eres la Palabra eterna del Padre;
Tú, para la salvación de los hombres,
no desdeñaste encarnarte en la Virgen;

Tú, destruido el dominio de la muerte,
nos abriste el reino de los cielos;
Tú, ahora
estás en la gloria del Padre,
y te sientas a su derecha;
Tú vendrás, algún día,
como Juez universal.

¡Oh Cristo! te suplicamos:
no olvides a quienes redimiste
con tu preciosa sangre,
para que estén entre los elegidos.

Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice tu heredad.
Guía a tus fieles
y concédeles la gloria eterna.
Día tras día, bendecimos tu nombre
y te alabamos para siempre.

Dígnate, Señor, en este día,
guardarnos del pecado.
Ten misericordia de nosotros, Señor,
Ten misericordia de nosotros.
Derrama sobre nosotros tu misericordia,
como lo esperamos de ti.

En ti, Señor,
deposité mi esperanza
y nunca quedaré defraudado.
Amén.

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Devocionario copiado(para mayor beneficio de las almas), de:
Autor: Lesy Barbé
Nihil Obstat:
Joan Carreras Planas
Obispo Auxiliar y Vicario General
Imprimatur:
P. Enric Puigi Jofra, S.J.
Secretario General y Canciller

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