domingo, 20 de noviembre de 2011

El discernimiento a tener en cuenta

Básicamente para todos aquellos que están cumpliendo una función de iglesia, pastorales, grupos, catequesis, servidores, evangelizadores…, curas y laicos.
¡¡¡Ojo con la cabeza!!! Cuida tu cerebro.


Vivimos en tiempos en que el intruso se cree dueño de su conquista. Es tiempo de arrebatos, de creer que todo es tierra de nadie, tiempo de creer que todo lo que está debe solo tomarse y declarar dominio pleno. No se toma en cuenta al hacedor, autor de lo que existe, solo se ocupa y se reclama dominio.
Dentro de esta esfera de la creación también está el hombre. Y aquel que se enajena reclamando su propia autonomía queda expuesto a los conquistadores que lo toman como tierra propia (conquistada).

En primer lugar hay que tener en cuenta la pertenencia de cada cosa ¿Quién fue su autor? ¿Quién lo ha creado? ¿A quién pertenece? ¿Cuál es su verdadera identidad?

De este modo surge el discernimiento. El discernimiento es auténtico según la identidad de su origen.
  • Si el origen del discernimiento es de justificación, de violencia, de revancha, de miedo, de dolor, de venganza, y cosas por el estilo, esto proviene del intruso, viene del Mal Espíritu.
  • Si el origen del discernimiento viene de la paz, del cuidado por el otro, del deseo del bien para todos, de la construcción de cosas nuevas con el amor y la ilusión de un padre o una madre o de un hermano mayor. Esto viene del autor de todas las cosas, del verdadero dueño, del Buen Espíritu.
Cuando se hace discernimiento debemos marcar dos aspectos principales; el discernimiento cerebral o del mundo, y el discernimiento del corazón o espiritual. El cerebral es mecánico y solo sirve para cosas prácticas comprobadas desde el corazón o desde conclusiones escritas confiables (discernimiento del corazón realizados por otros, por ejemplo los santos, el catecismo y otros escritos de la iglesia).

El discernimiento del corazón viene del espíritu y depende del autor o del intruso, solo por sus frutos se conocerá su identidad. Los frutos son todas las cosas que se desprendan de esto, se ve bien hacia dónde conduce este pensamiento. Si conduce hacia una justificación personal, tener razón, marca como origen el espíritu de la soberbia, es el mal espíritu. Si conduce hacia la paz, el entendimiento a favor de todos dentro del campo del bien común, la familiaridad, hermandad, bondad. Es el espíritu del bien. Es el verdadero espíritu del hombre.

En estos tiempos el ser humano es atacado en el cerebro, lugar donde se materializa el discernimiento. El intruso trata de anular todo pensamiento ajeno a sus propósitos. Si no logra confundirlo trata de dañarlo para que no funcione, lo pone fuera de combate. Significa daño orgánico, daño patológico. También psicológico, idiotización, esquizofrenia. También social, masificación, superficialidad, individualismos, hipocresías. Los tres aspectos hacen un solo todo. Todo conduce al desorden, a la pérdida de identidad, esclavitudes, oscuridades, miedos, desesperanzas. Conduce a transformar al hombre también en un intruso que arrebata a los otros. Identidad de ladrón y no de heredero; de extraño y no de hijo; de enemigo y no de hermano; de necio y no de sabio; de torpe, enfermo mental; de oscuridad y no de luz; de mal y no de bien. De esclavos del Mal espíritu y no de hijos libres de Dios.

El daño se origina desde un pensamiento “razonable” que surge de una justificación, revancha, violencia, enojo. Esto genera presión y desgaste cerebral que va dañando a la persona, la distrae, la entretiene impidiendo avanzar y mirar hacia adelante. Le impide discernir según el Buen Espíritu por estar continuamente atento a sus “razones” surgidas por el Mal Espíritu.

Hay que detenerse, llamarse a silencio interior y exterior y observar en paz y con mucha inteligencia las cosas. Abandonar todo pensamiento que irrite o pretenda justificar algo “razonable” (buscar “mi razón” en las cosas, más que la voluntad de Dios), o también “camuflar” mis razones dentro de una supuesta voluntad de Dios.

  • Recomiendo rezar el Santo Rosario, todos los días, en desagravio a la Santísima Trinidad, a Jesús Sacramentado y a los Sagrados Corazones de Jesús y María.
Opinión de Juan C. Starchevich, para revisar y compartir.

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