martes, 11 de enero de 2011

Los ojos en luz alta

Era una tarde de calor, una siesta chaqueña en un aula de clases de una escuela técnica sin aire acondicionado ni ventiladores. Una siesta donde enseño Mecánica Técnica en un cuarto año con alumnos entre quince y dieciocho años de edad. Esta materia trata de Cinemática, Estática y Dinámica de los sólidos, donde existen verdaderos desarrollos de fórmulas matemáticas aplicadas a la física… Los alumnos me plantearon: “Ingeniero, ¿por qué nos enseña y exige que aprendamos el desarrollo de estas fórmulas tan complejas, si luego de esto vamos a terminar de remiseros o empleados en un supermercado local sin poder dar una aplicación directa a los análisis planteados?

Querían algo fácil para obtener un título sin mayores esfuerzos tan solo para justificar su estudio secundario con cosas ajenas a su profesión y más propias para su desempeño real como egresados dentro de nuestra sociedad actual… Era comprensible lo planteado, pero al mismo tiempo no era justificable, porque en nuestra sociedad hace más falta técnicos que remiseros y empleados de supermercados… Hacía mucho calor como para hacer un planteo técnico que en ese momento resbalaría de esas mentes que no encontraban sentido a las cosas serias ni precisas en un país cada vez más superficial que navega en antivalores.

Tenía un conjunto de alumnos, dentro de los cuales había uno de onda hippie que se dejaba el cabello largo y se colgaba cualquier cosa en el cuerpo; otros que solamente iban porque los padres lo enviaban; también varios confundidos que creen que una escuela técnica es para aprender a hacer cositas de entretenimientos en los talleres. Y así, una gran gama diversa de inteligentes, poco inteligentes, muy pocos con vocación técnica, muchos espectadores…, o sea lo normal en nuestras escuelas, mixtas en capacidades donde se debe regular para abajo sofocando a los inteligentes para que los otros puedan comprender el tema.

Estaba enseñando las leyes de Newton, leyes de la dinámica, cuando esto ocurrió; entonces me di cuenta que no eran las fórmulas lo que espantaba a mis alumnos sino el sentido de comprometerse con ellas. El sentido no es parcial sino general, pues cuando no se tiene presente el sentido de la vida todo el resto pasa a ser parte de esto y cada acontecimiento particular se confunde como cosa única y general.

Sin discusiones ni justificaciones, inmediatamente luego de la pregunta formulada por los alumnos, les dibujé en la pizarra el sol con todos sus planetas en orden, y les dije:

“¿Qué pasaría si pudiésemos quitar el paneta Júpiter del sistema solar?”

Hubo un gran silencio y comenzaron a prestar atención incluso aquellos que jamás atienden las clases. Comenzaron a arriesgar respuestas, como por ejemplo, que se reordenarían nuevamente los planetas restantes cambiando la distancia de la tierra respecto del sol, acercándose o alejándose de él, siendo que en cualquiera de los dos casos el mayor calor o el mayor frio harían imposible la vida humana; el planteo era: “podría ser el fin del mundo”.

Otros dijeron que si se quitara un planeta, nuestro sistema solar perdería totalmente el equilibrio y se precipitarían todos los planetas hacia el sol, al mismo tiempo, nuestro sistema solar que está en equilibrio con las galaxias restantes que perderían el equilibrio entre sí, destruyéndose todo el universo en cadena…

Independientemente del resultado, se dieron cuenta que el universo está regido por leyes, leyes puras y concretas, que nadie las ha inventado sino que solo las han descubierto, pues ellas existen antes que el hombre de ciencias.

Existen movimientos y cada uno tiene sus fórmulas matemáticas; equilibrios con sus correspondientes fórmulas; energías, trabajos, potencias, y otras tantas cosas desconocidas con sus tantas desconocidas fórmulas matemáticas, dando a entender que no es posible que el universo se haya hecho al azar, sino que obra algo muy inteligente en él.

Han visto que los planetas no tienen como única función ser poblado por personas, sino que cada uno de ellos cumple por sí mismo una función para que el universo se muestre y comporte como tal. Entonces a nadie le interesó indagar si existen seres extraterrestres, sino que existe alguien, que además de ser muy inteligente es muy creativo, es belleza, sabio, hermoso, silencioso, muy bueno, simple, muy bueno…

Alguien que está por encima de todas estas cosas y que nada ni nadie lo ha podido tocar, ni personas ni religiones. Alguien tan puro que ni siquiera cabe dentro del nombre “Dios”; Alguien que está muy alto, altísimo, que ha creado todo el universo…

De este modo, mis alumnos ya no querían que en esa hora les enseñe Mecánica, sino que les hable de ese ser que ha creado el universo y nadie ni nada lo ha podido tocar. Jamás he tenido tanta atención en mi clase y al ciento por ciento en forma voluntaria.

Les propuse algo: “Aquí debo enseñar Mecánica Técnica, pero si quieren esto otro, entonces hagamos un trato, elijan un horario diferente al que dictamos nuestras clases y un lugar fuera de la escuela, pero solo les daré estas clases si estudian y aprenden Mecánica Técnica del modo correcto y sin disminuciones”.

Así fue. El horario que eligieron era los sábados a las dos de la tarde en un aula que nos prestaron en una parroquia del centro de la ciudad, incluso invitaban y llevaban con ellos a algunos amigos y amigas a estas charlas donde se formulaban verdaderos debates. Más adelante les interesaba que de ese mismo punto de vista les hable de la amistad, el noviazgo, la sexualidad, el amor, la juventud… Y durante cuatro años, entre fríos y calores hemos hablado de algo que les daba sentido a sus vidas.

El peor alumno resultó ser el mejor de todos, era aquel de onda hippie que se dejaba el pelo largo y se colgaba en su cuerpo todo lo que encontraba. Llenaba el pizarrón con sus desarrollos de fórmulas, comenzaron a preparar las clases por grupos, incluso arriesgando temas nuevos, donde acompañaban con diversos instrumentos didácticos, paneles extraescolares, etc.

Nadie se ha hecho religioso, sino verdaderos hombres y mujeres que no necesitaban que se les dé una clase de drogas y sus técnicas para darse cuenta que hay que estar lejos de ella; no necesitaron talleres de sexualidad para darse cuenta que deben vivir la ilusión y el respeto en pareja; se dieron cuenta que la amistad entre varones y entre mujeres no pasa por la homosexualidad, sino con un verdadero amor de respeto conservando cada cual su propio género. Se dieron cuenta, sin que se les haya enseñado, que el aborto es un asesinato.

Se dieron cuenta que quién hizo el universo es el mismo que hizo el corazón de cada uno de ellos...

Juan C. Starchevich

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