lunes, 7 de diciembre de 2009

Gorilas en la niebla

Gentileza: Maryly y Catalina Zentner
por Raquel Graciela Fernández, poeta argentina

"Cuando ya nos creíamos libres de brujos, nuestra cultura parece regida por un conjuro mágico: no nombrar para que no exista."  María Elena Walsh

Pensar distinto no significa no pensar, sino disentir

Es costumbre del matrimonio Kirchner y de todos aquellos adictos a su gobierno el calificar como “fachos” o “gorilas” a quienes no compartimos sus ideas, proyectos, inacciones. Así, quien tiene una opinión o una concepción de la realidad distintas a la oficial son descalificados como “gorilas que le hacen el juego a la derecha recalcitrante argentina”.

Del mismo modo que los exponentes de la farándula vernácula utilizan para su lamentable intercambio de insultos términos como “bipolar” o “psicópata”, ignorando olímpicamente su significado, hay quien usa el vocablo “gorila” en este contexto, sin saber por qué se ha involucrado a tan bello animal en las lides políticas argentinas.

Desasnemos
Se había estrenado en 1955 “Mogambo”, con Clark Gable, Ava Gardner y Grace Kelly, cuya historia se desarrollaba en la selva africana. En una escena de la película, cuando Gardner preguntaba alterada por el origen de unos sonidos extraños, Gable le respondía: “Deben ser los gorilas”.

En ese tiempo, Radio Argentina emitía el programa humorístico “La revista dislocada”, conducido por Délfor Dicásolo. Allí se hacía una parodia de “Mogambo”. En el sketch había un científico que, ante cada ruido selvático, decía atemorizado: “Deben ser los gorilas, deben ser”. En esos días de 1955 comenzaban a circular rumores de movimientos de tropas para derrocar al presidente Juan Domingo Perón. El programa radial incorporó la frase de la parodia y, ante estos rumores, se repetía: “Deben ser los gorilas, deben ser”. La frase ganó la calle y, finalmente, quedó el apelativo de “gorila” para designar a los antiperonistas y a los golpistas.
Hecho el correspondiente desasne, prosigo.

En la actualidad, no sólo son “gorilas” los antiperonistas o los golpistas. El apelativo se ha extendido como reguero de pólvora y se aplica también a mi mamá, a la vecina de al lado y al carnicero de la esquina. La Argentina se ha convertido en el plató de “Mogambo”. Todos somos “gorilas”. Salvo, como dije antes, aquellos que insisten en chuparle las medias a un gobierno autista que no repara en las necesidades y reclamos del pueblo. Porque el pueblo somos todos, peronistas y antiperonistas, y un proyecto de país que no nos incluye a todos, es casi como una dictadura.

El tema de la seguridad, guste o no a los dirigentes políticos, es un tema que preocupa a buena parte de los argentinos. Desde el gobierno se niega sistemáticamente la realidad (no sólo en este asunto, fíjense ustedes en los números que tira el INDEC).

Cuando Susana Giménez, comprensiblemente alterada por el asesinato de su florista, lanzó la poco feliz frase: “El que mata tiene que morir” (con la que, aclaro por enésima vez, NO estoy de acuerdo; yo soy una tipa que si ve una fila de hormigas la esquiva para no pisar a ninguna) más de un chupa-kirchner puso el grito en el cielo. Lo que no estaría mal, si ese grito hubiera tenido que ver con la indiscutible defensa de la vida humana.

Pero, no. Una de las voceras del gobierno, fue en este caso, la inefable Sra. Hebe de Bonafini, que salió a retrucarle a Susana, apelando a asuntos íntimos tales como sus tetas siliconadas o el tránsito pesado de sus sábanas (no nos acusen de frívolos, entonces, cuando tiramos algún palazo al botox de la presidenta, a sus tetas –también siliconadas, ¿o aún no lo han notado?- o a la ridícula capelina que lució en su última entrevista con el Papa, émulo irrebatible de los patéticos sombreros con los que suele sorprendernos la monarquía europea).

La Sra. Hebe de Bonafini festejó con pirotecnia gruesa el atentado a las Torres Gemelas y, más de una vez, alabó públicamente el lamentable accionar de la ETA. Concluyo, por lo tanto, que su pensamiento es: “El que no piensa como yo debe morir”. Y que ese pensamiento es bastante más macabro que el de Susana. Es el que nos llevó a vivir años negros que todos los argentinos padecimos, en mayor o menor medida.

Y este tema me lleva a otro: una de las falacias que los Kirchner se preocuparon en extender es aquella que postula que quienes alzan la voz exigiendo mayor protección por parte del Estado son adictos al Gobierno Militar y están prontos a ir a golpear la puerta de los cuarteles.

Para sustentar esta teoría cuentan con la colaboración de otro de sus más tristes voceros: el piquetero oficialista (¡vaya paradoja!) Luis D’Elía. Este señor, cuyos actos son, en su gran mayoría deplorables (no olvidemos su viaje a Irán para dar apoyo a Mahmud Ahmadineyad después de que la Justicia Argentina presentó el pedido de captura internacional de ocho ex altos funcionarios y diplomáticos del gobierno de ese país que cumplían funciones en 1994, acusados de ser quienes planificaron el atentado a la AMIA), se adjudica el derecho de acusar de “golpistas” o “adictos a los militares” a aquellos que osan pensar de una forma diferente a la del oficialismo.

Pero la cosa no termina acá: los voceros oficialistas abundan. Después de ciertos comentarios de una parte de la farándula argentina (con los que se puede estar de acuerdo o no, pero que deben ser respetados, porque el disenso es una de las bases de la democracia) apareció otro señor que, curiosamente trabaja para el Canal Estatal, calificando a quienes expresaron sus opiniones como “un concierto de pelotudos”.

Diego Capusotto (a quien no consumo) calificó de esta manera a Marcelo Tinelli, Mirtha Legrand y Susana Giménez (a quienes tampoco consumo), dando muestras de la intolerancia típica del matrimonio Kirchner. Esta apreciación de sus colegas (para los caídos del catre: Capusotto no trabaja gratis) le valió, entre el segmento de la población que sigue insistiendo con su reiterativo homenaje a “Mogambo”, innumerables alabanzas que rayaron la exageración. “¡Qué tipo inteligente!”, “¡Qué claridad de pensamiento!”. La inteligencia, en los tiempos que corren, se redujo a insultar a quienes no comparten nuestras ideas. La claridad de pensamiento pasa por descalificar al otro, y no por el debate, sano y necesario.

Sorprende que un gobierno que proclama la igualdad de las personas descalifique y subestime a gran parte del pueblo argentino. Se supone que quienes votaron en la última elección son unos descerebrados que eligieron a De Narváez (con quien tampoco comulgo) porque Marcelo Tinelli lo convirtió en un personaje simpático y agradable en la parodia que hizo de su persona.

Se supone que el grueso de la población no tiene pensamiento propio y repite, cual loro amaestrado, lo que los comunicadores, avalados por los grandes monopolios como Clarín, dicen. Se supone que los únicos “inteligentes”, “librepensantes” y “avispados” son ellos. La lectura de esta postura oficial es la siguiente: “nosotros somos los inteligentes, los que tenemos opinión propia, los que razonamos, por lo tanto los otros son una manga de retardados”. ¿Cuán lejos está esto del “voto calificado”? Tremenda pregunta. Sobrevuela todo este asunto un tufillo nazi que asquea.

Y, lo del tufillo nazi, me lleva al otro apelativo que suele aplicarse a quien ose disentir con el gobierno: “facho”. “Facho” es una degeneración de la palabra “fascista”. El fascismo, entre otros postulados, presenta un proyecto político que pretende instaurar un corporativismo estatal totalitario y una economía dirigista. Y que se basa en la propaganda estatal orientada a convertir en “enemigos” a quienes disienten con ese proyecto. La verdad, y dada mis pocas luces, a mí no me queda muy claro de qué lado están los “fachos” en la Argentina de hoy.

La Italia fascista de Benito Mussolini (1922) es la que inaugura el modelo y acuña el término, seguida por la Alemania del III Reich de Adolf Hitler (1933) que lo lleva a sus últimas consecuencias. Es bueno que los peronistas que utilizan esta palabrita muy sueltos de cuerpo sepan que Perón estuvo en la Italia de Mussolini como agregado militar y que cuando volvió a la Argentina habló de Mussolini –y también de Hitler– con gran entusiasmo y admiración. Juan Domingo Perón facilitó de varias maneras el traslado organizado de criminales nazis de Europa a la Argentina después de la II Guerra Mundial, pero, sobre todo, lo hizo enviando agentes a Europa, que a su vez eran ex miembros de la SS o nazis que ya habían llegado a Argentina, para organizar el traslado desde Alemania a nuestro país de estos criminales de guerra.

El principal encargado fue un ex capitán de la SS llamado Carlos Fuldner, un alemán nacido en la Argentina, cuya familia había regresado a Alemania en la década del ‘30. Después de la guerra huyó a Madrid y organizó la primera red de escape a nuestras tierras. Se reunió con Perón en la Casa Rosada y luego viajó a Europa, donde organizó la fuga masiva de sus camaradas de la SS. Perón sostuvo, además, que consideraba que los juicios de Núremberg eran una infamia. Así que, para usar la palabra “facho” con propiedad, habría que ponerse a leer y a investigar un poquito. No basta con ver los programas de Capusotto.

Coincido con quienes sostienen que el problema de la inseguridad es de larga data y que las únicas soluciones posibles a este flagelo son la educación, la contención y la erradicación de la pobreza. Pero no veo ninguna política oficial orientada hacia esos fines. La calle está llena de pibes en el más absoluto desamparo, que consumen drogas peligrosas a plena luz del día, y nuestros dirigentes hacen la vista gorda ante esta realidad.

No es con una limosna de $180 o con planes sociales manejados macabramente por punteros políticos como se erradica la pobreza. Estas medidas sólo perpetúan una situación triste e insostenible. Es con voluntad de cambio, con voluntad de trabajo, con voluntad de educación. Que, en la Argentina de hoy, no existen.

Para cerrar esto confieso que no sé un carajo de política. Sé algo de historia, eso sí. Lo mío es hablar de Pizarnik o, a lo sumo, de los gatos que pululan en “Intrusos”. Pero estoy cansada de ser rotulada constantemente como “gorila”, “facha” o “idiota”. “Pensar distinto” no significa “no pensar”.

Significa “disentir”. Y el “disenso”, repito la idea, es un elemento fundamental en cualquier democracia que se considere seria.

4 comentarios:

  1. Que columna obvia y ridícula amigo. Semejante carta para una idiotez que se podría escribir en tres líneas. Es una irresponsabilidad calificar de limosna de 180 pesos que ayudan a tanta gente. El que no sabe disentir sos vos. Es el mundo del revés. A los pobres dejalos que se defiendan sólos. Tu ayuda es innecesaria y falsa.

    Gracias

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  2. Nadie defiende a los pobres, corazón. Yo me defiendo de la gente que no acepta que vivir en democracia es tener derecho al disenso y utiliza el agravio y el insulto para descalificar a quienes no piensan como el rebaño K.

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  3. wau! estamos en el 2015 a un mes y medio de ingresar al 2016 y estas palabras suyas Sra Raquel ,tienen mas vigencia hoy que hace cinco años cuando las escribió.Tal vez sea porque como bien lo explico en su texto,la desinformación y la ignorancia lleva a la gente a repetir como loros términos y calificativos de los que no tienen ni la menor idea de donde provienen.Gracias por este informe.

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