martes, 5 de octubre de 2010

El hombre: el mejor producto... y la peor decadencia

Germán Stácul tiene 18 años, es mi alumno en la Escuela Técnica de Charata, Chaco. Está cursando 5º año y se está preparando para rendir todas las materias de 6º año como libre, con el objeto de terminar un año antes sus estudios secundarios y poder ingresar a la Facultad de Ingeniería, pues necesita aprobar los dos primeros años de ella para así poder ingresar al Baiseiro para estudiar Física Nuclear.

La semana pasada, en mi clase, pregunté a mis alumnos si al hombre se lo puede considerar como “un producto”, resultante del proceso educativo. ¿Un egresado es un producto elaborado?

Tuve varias respuestas de mis alumnos que asentían o no este criterio. Germán dio la suya pero creyó que no lo alcancé a interpretar “exactamente” como él había opinado, entonces me dijo: “Ingeniero, creo que usted no comprendió bien mi respuesta, entonces me gustaría traerle por escrito”.

Me pareció una excelente idea y acepté su propuesta. Esto fue lo que hoy me entregó:
(Juan C Starchevich)

El hombre: el mejor producto
y la peor decadencia

por Germán Stácul, alumno de 5º año -Escuela Técnica Electromecánica de Charata, Chaco-

En tanto que un producto se establece como el resultado de un proceso productivo, el ser humano constituye, desde eras, en las que la falta de razón o pensamiento no resultaría excusa suficiente, una pieza dual que debe unificarse en cierto camino, el cual estará a elección de la persona; así se convertirá en el próximo engranaje del reloj, o bien se tornará o evolucionará a lo que por naturaleza tiende y, en su vida lo utiliza como un calificativo incorrecto: hombre.

Ya que si bien, este último es considerado por algunos un ser único, diferente al animal debido a su capacidad de razonar, a mi parecer sólo somos fieras un tanto más refinadas, claro, mientras aún estamos en la etapa de descubrimiento, o mejor dicho en la del autodescubrimiento, completa esta fase nos liberamos de las pasiones, la ligadura que tenemos con los seres inferiores; sería absurdo y contradicho para mi experiencia, para los versos y para las prosas negar que un can, un caballo o incluso las bestias salvajes estén desprovistas de un sutil toque de cariño, lealtad y en ocasiones hasta de tristeza y melancolía, vivencias que sobrepasan y difieren del instinto, por tal motivo separo este último de las pasiones.

Establecido de manera muy general mi preconcepto de hombre, ya que el desarrollo de este tema constituiría el de tal ser y no el de su condición de producto, sería poco prudente explayarlo en este ensayo, no obstante se tendrá una ampliación a medida que avance el texto.

Volviendo al tema de producto, dijimos que éste es el resultado de un proceso productivo, si pudiésemos establecer ese proceso como nuestro “sistema”, y en tanto a sistema me refiero a condiciones de la vida, algo así como normas, podría clasificar al hombre como un producto social o un producto personal.

  • Producto social:
las personas poseemos un escaso sentido de lo que significa la sociedad, bien podría ser la comunión para realizar trabajos que hagan a un bien mutuo, o bien una organización con establecidas pautas que regulen el comportamiento, pero si hablamos (primer caso) del bien común, ¿es análogo éste a uno particular?; si no lo fuese, ¿sería posible una sociedad de uno, o bien una mixta liderada por minorías, que se desarrolle en su amplio sentido?; si lo fuese, ¿qué sería de la voluntad, del pensamiento colectivo?¿qué sería de la sociedad?

Como notará ambos caminos llevan al mismo lugar, así que cómo se podría desarrollar una persona en una sociedad que no existe, es aquí donde comienza el sometimiento, la degradación del hombre a un artículo.

Como un caso primitivo, no tanto, podría citarse a la esclavitud, el ofrecimiento de la estructura física para la servidumbre o el trabajo bestial. Rousseau se mantuvo firme en su convicción de que el hombre por naturaleza es libre, pero ¿aquel que se enajena para saldar una deuda o para comprar su vida, puede ser llamado hombre? Si bien se entiende que un esclavo fue depuesto de su igualdad ante el propietario, el primero no tiene menos culpa que el último, ni éste más que el anterior, son una especie de “monstruo” y de “pobre diablo”, una persona no puede ser domada cual una fiera, no es posible, lo que sí lo es, es la doblegacíon de espíritu; lo que hace al esclavo no es el látigo, sino su falta de voluntad. Todos los cargos de ambas partes lo constituye lo anteriormente dicho.

Caso similar ocurre con la prostitución, que se podría considerar en dos mitades: social y personal.

Ningún individuo está obligado o puede ser obligado a algo que atente contra su derecho, pero también es cierto que el individuo debe mantener, sin ninguna excepción su integridad como propia.

Una especie de esclavitud implícita que se vive en estos tiempos tiene por negrero a la sociedad de consumo; el ser humano ofuscado por ella se lanza al burdo materialismo. En esto refuto a Marx, tomando su doctrina en concreto y no sólo en su sentido económico; el hombre, si pretende ser tal, no se limita a su actividad productora (en la que desgraciadamente se convierte en producto), sino, y estableciendo un pensamiento opuesto diametralmente, debe trascender.

Concluyo en este subtítulo que ningún, en la historia de la humanidad ha estado libre de ser un producto social y tal vez nunca lo esté.

Para rematar este acápite, plasmo la siguiente frase que mucho alude al tema:
“El hombre ha ganado al mundo, pero se ha perdido a sí mismo”
(Ernesto Sábato)

  • Producto personal:
todo individuo, aislado en su recinto más privado, o por lo menos hasta ahora, que lo conforma su intrincada mente, ha desarrollado toda clase de ficciones, algunas imposibles, en lo que respecta a nuestro frágil cuerpo, otras en el orden de milagros según lo inteligible.

También están aquellos que ni siquiera experimentan alguna de las anteriores sensaciones; el no cumplimiento de las primeras, o la no concepción de la última, generan (se entiende que dichas concepciones hacen al autodescubrimiento del hombre, por lo que no implican banalidades) materialismo y el hombre en su patetismo e ignorancia sucumbe a él. En pos de satisfacer su deseo, se ofrece ante otro de sus semejantes que lo requiere a su vez para saciar el suyo; supongamos que esto constituye un servicio, y al entrar en él empieza una cadena interminable, es como tratar de armar un rompecabezas de universo o tratar de determinar el punto donde convergen los extremos de una parábola. Todo este círculo compone una conspiración en la cual el confabulador es el azar, mas su rigor es preciso, como sacado de una ecuación matemática, y el resultado no podría ser más viciado y mezquino que el intento de superación del congénere, la acumulación de riquezas o el goce de los placeres. Obviando los últimos, las personas vivimos una suerte de “capitalismo” individual y espiritual; tratamos de alimentar el alma con nimiedades en vano, en parte por la ignorancia, que existe en nos desde que nacemos, que ni siquiera Einstein, Marx, Nietzsche o Lagrange, en toda su vida se mantuvieron ajenos a ella.

Por otro lado se encuentra el pobre desarrollo mental, ostentado por la picardía del “hombre culto”, que no aprende ni deja aprender, es decir, constituye una pérdida de tiempo para algunos, tornándose en algo incómodo y desembocando en un aburrimiento que a veces esfuma el interés para siempre, desintegrando el delicado transe que lo une al ser original.

La mente ha dilucidado increíbles misterios, mas la insignificante importancia de ellos para con el ser trascienden los abismos infranqueables que aún quedan por sondear, y creo, ni el género humano ni el universo serán tan longevos como para descifrarlos.

Intuyo que un iluminismo espiritual, para que se funde, requiere de una persona extremadamente fuera de serie, una especie de dios terrenal, alguien divino, pero claro, ya no sería hombre; otra de las ideas sería que el hombre cree a tal hombre, pero se vuelve al círculo vicioso, ya que el primero se constituiría en productor y el otro en producto. Por lo tanto, la única herramienta de la que dispone el hombre para cortar las cuerdas que lo mantienen fijo a su “envase”, es sin dudas, el pensamiento.
“Aquel que no se resuelve a cultivar el hábito de pensar, se pierde una de las mayores exquisiteces de la vida”
(Thomas A. Edison)

El Estado: diseñador e implementador del producto

El Estado constituye un paradigma, que si bien está vinculado directa e indirectamente con los con las anteriores explicaciones, merece su propia sección para ser desarrollado.

Como primer principio cabe destacar que las personas no son del Estado, sino que éste le pertenece a ellas, mas no existe Estado sin hombres, y una nación sin él se regiría por una absoluta anarquía, ya que, como he explicado antes, el individuo carece de una noción concreta de sociedad, por ende no faltaría quien se aproveche de otro, tratando de alcanzar sus fines, explotando evidentemente su derecho.

Es cierto que el hombre requiere de leyes que establezcan la armonía entre los tumultos, pero por un instinto de rebeldía propio de él difiere de la avenencia queriendo desarrollar objetivos particulares, faltando el respeto a los del prójimo.

A mi parecer, a partir de esto interviene el Estado, que, de manera sutil diseña a su integrante, lo sume en su “ecosistema mecánico” en el cual establece su lugar como pieza, pero ¿si dicha pieza se retira, qué pasaría con el entorno?, la respuesta es, obviamente, nada, siempre se tiene disposición de un nuevo “producto” para desplazar el vestigio. Esto es análogo a lo que ha ocurrido con pensadores en sociedades cerradas, a los que se ha tildado de revolucionarios o incluso herejes, a los que el Estado se encarga de eliminar, actuando como lo haría un antivirus en una computadora. Con esto no quiero decir que una nación deba liderarse por la bohemia, ni tampoco pretendo que sea regida por la democracia, porque tal concepto no existe ni siquiera en una utopía, ya que ésta atenta contra el hombre libre, obligándolo a cumplir la voluntad general, sumado al hecho de que el soberano o príncipe, por más bueno, pulcro y justo que fuese siempre tendería a organizar a la plebe de acuerdo a su gusto o convicción, o en su defecto, de acuerdo a su noción individual de capitaneo.

Ni el comunismo ni el capitalismo constituyen, de ningún modo amortiguadores a favor de las personas para con el Estado, ya que se sabe que aunque difieren en sus doctrinas, ambos convergen en el materialismo. El primero aludiendo a una distribución equitativa de la actividad que hace al ser, supuestamente igual a su colega, estableciéndose una especie de producción en serie de máquinas “ornamentales”, ya que permanecen estancados en un mismo lugar, pero la belleza, el delirio y la discutible armonía están presentes, no así el efecto deseado.

El segundo plantea la competitividad, convirtiendo nuestra vida en una suerte de videojuego, en la que el hombre en su pleno desarrollo sería aquel que posea el mayor puntaje. Desgraciadamente o tal vez no tanto, este fue el arquetipo en el que me ha tocado vivir, y que implícitamente la institución que debería formarnos como hombres, sustituye esta educación por burdas cortesías y tecnicismos, relegando al alma a una prisión carnal.

El Estado no debe ser culpado por no considerar al hombre como sujeto sino como objeto, pues este último es quien lo funda, en función de lo que es “bueno” para todos, y es él quien lo sufre cuando toma impulso.

Ni regímenes del terror ni la evidente falta de conocimientos serían aceptadas como excusas o intentos de compasión cuando dicha persona es despojada de su dignidad, aunque parezca triste y austero o insensible, debemos hacernos a la idea de que no somos hombres, somos neuronas que nos conectamos con el sólo fin de cumplir una función específica: ser el bien que forme al siguiente, para que éste a su vez siga la infinita cadena, o al menos mientras dure la humanidad.

Si es que existe un dios primordial, ¿fueron sus planes los que degradaron al hombre a objeto?, o simplemente el tiempo romperá la matriz que ha producido tan formidable producto en un lapso relativamente corto en la historia de la joven Tierra y del eterno Universo, que no es menor que una divinidad ni más que un animal, es un bártulo con alma, es un pseudo-hombre.
“La naturaleza nos hace desplegarnos solos, no existe ninguna especie de relación entre un hombre y otro, la única regla de conducta es, que yo, prefiera todo lo que me afecte felizmente, sin tener en cuenta las consecuencias que esta decisión podría acarrear al prójimo”.
(Donatien Marqués de Sade.)

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