jueves, 10 de junio de 2010

El sentido de la vida

por Juan C. Starchevich

Dentro de todos aquellos hombres y mujeres notables de la historia, encontramos distintos modos de vivencias, ideas, criterios, que hacen tomar determinadas posturas frente a la vida y al mundo; todo esto está en función de lo que el hombre busca como sentido último de su existencia. Al hombre no le agrada perder el tiempo con cosas que no responden a la pregunta esencial de su propio misterio, no está dispuesto a seguir ideologías y normas que no van con aquello que llena sus propias expectativas interiores, solo está dispuesto a seguir a aquello que le hace vibrar y excita su pasión, aquello que le produce un sentimiento especial como promesa de ese objetivo tan buscado desde sus propias oscuridades, aquello que se busca por tanteos por no conocer a ciencia cierta el desenlace final conocido como destino, un destino que debe responder a las siguientes exigencias: Paz, felicidad, alegría, consuelo..

Todo ser humano busca esto, necesita esto. Es curioso, pues todo ser humano busca lo mismo, no interesa si es creyente o ateo, si es femenino o masculino, todos queremos lograr la felicidad, pero no desde el punto de vista material tomándola como un simple estado del sentimiento confundiéndola con un estado anímico, pues se busca esa felicidad eterna que calme la sed del alma, más allá de los sentimientos tangibles. Se busca la alegría que inunde y rebalse el corazón, más allá de los instantes alegres. Se buscan emociones mucho más fuertes y poderosas respecto a las más fuertes emociones que podemos experimentar con nuestros sentimientos temporales. El ser humano busca la eternidad, una eternidad que sea opuesta al sufrimiento, al dolor, al vacio…, se busca la plenitud, en la belleza, en la verdad absoluta, en la gloria eterna. Esto sería “la plenitud”, “la realización final” de todo ser humano, pues si se lograra esta gloria descripta, entonces el ser humano se sentiría pleno, solo aquí se sentiría realizado; esto sería el punto final de la evolución humana, o dicho en otros términos, el sentido último de la existencia.

Todos los caminos conducen a Roma, pero no todos los caminos te conducen a la plenitud o a tu propia realización final como persona.

Hace pocos días llevé a mis alumnos de la Escuela Técnica donde yo enseño, a visitar un asilo de ancianos que queda muy cerca de esta escuela de nivel secundario. Al regresar hemos notado que cuando uno es joven y está internado en algún sitio, sus familiares y amigos esperan que se reponga muy pronto para incorporarse nuevamente a los suyos, pero estos ancianos tienen un destino diferente, todos esperan que se muera, y lo más triste de esto es que los ancianos lo saben, saben que luego de esto sus familiares y amigos desearán que luego de la muerte no terminen en algún lugar de sufrimiento sino de descanso eterno o cualquier cosa semejante, pero que no vuelvan a los suyos. Esta soledad quizás sea una especie de purgatorio o de infierno en vida, es como un signo de lo que podría ocurrir en la eternidad, es como un signo de lo que nos espera a muchos cuando transitemos esas edades, es como un signo del final de los caminos equivocados que excitan los sentimientos temporales.
La soledad y el sufrimiento es el final del camino de todos aquellos que tienen la razón por encima de todo y de todos, pues esta razón es el boleto que permite viajar hacia la soledad y el dolor dentro del propio corazón humano.
Existen muchos hombres y mujeres que han planteado muchas cosas e ideologías a lo largo de la historia, pero no sabemos qué fue de ellos, por lo tanto tampoco sabemos si vale la pena seguirlos e imitarlos.

Por todo esto voy a valerme de un solo hombre de la historia que cubre todas mis expectativas. Voy a hacer referencia a Jesús de Nazaret y su Iglesia.

El domingo pasado celebramos el “Corpus Cristi”, fruto de los Milagros Eucarísticos que se han manifestado a lo largo de la historia en distintas partes del mundo con evidencias concretas y con muchos testigos; varios de estos milagros ocurridos con la ostia consagrada “Cuerpo de Cristo” hoy se conservan y se los pueden ver y apreciar en los lugares correspondientes.

Solo para Católicos

Jesucristo vino al mundo sin nada, y antes de ir de regreso al cielo nos dejó todo, absolutamente todo.

Cuando nosotros tengamos que ir ante la presencia de Dios, en el cielo, debemos vestir un ropaje adecuado para poder asistir a las Bodas del Cordero, un ropaje digno para la fiesta del Rey.
Ningún ser humano dispone de este ropaje ni en el presente ni en la historia, este ropaje indica la dignidad, el boleto al cielo. Nadie lo puede conseguir por sí mismo, no importa lo que hagas o no hagas, tampoco importa si morís crucificado o si sos el ser más bueno del mundo. Nada de eso tiene la menor importancia.
Jesús, antes de ir al cielo, nos dejó ese ropaje, ningún otro ropaje nos da esa dignidad requerida para las Bodas del Cordero. Solo Jesucristo es digno, nadie más.

Cuando Jesús se fue al cielo nos dejó su cuerpo, sangre, alma y divinidad. Solo con este boleto se puede viajar al cielo.

Esto significa: Su Divinidad es su Espíritu que transforma y reviste nuestro espíritu (primer ropaje), su Alma es imagen y semejanza de Dios que transforma y reviste nuestra alma, su Sangre y su Cuerpo transforma y reviste nuestra carne transfigurándonos. Significa que el estado final del hombre en proceso de evolución se llama Transfiguración, quiere decir que nos convertimos en Cristo Resucitado, que somos hijos de Dios en Jesucristo.

Este ropaje se llama Eucaristía, la Eucaristía es el único boleto que nos permite viajar al sentido último de la existencia de los hijos de Dios.

Pero la Eucaristía es remedio que sana a los que están limpios y es veneno que mata a los que están en pecado, por esto hay que tener cuidado antes de ir a comulgar, fundamentalmente debemos revisar estos tres elementos de juicio:

Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Antes de comulgar debemos revisar si creemos en esto, de otro modo debemos esperar, acercarnos al Santísimo Sacramento y pedirle al Señor que nos dé más Fe, que nos dé la gracia de creer en Él según lo que Él nos manifestó, para así poder comulgar la vida y no la muerte. Debemos tener presente que la comunión en Cristo y con Cristo significa adherirnos e insertarnos en su cuerpo para ser un solo cuerpo en Él, por lo tanto debemos tener presente que el Cuerpo de Cristo tiene sus propias exigencias.

Yo soy el Camino: Camino y método tienen una misma raíz en el griego “hodos”, por lo tanto, cuando Jesús dice “Yo soy el camino”, nos está diciendo “Yo soy el método”, y aquí podemos agregar: el modo, la fórmula…

Yo soy la Verdad: Significa que todas las cosas tienen consistencia en Cristo, negar esto significa “la mentira”. Esto es lo más peligroso de llevar a la mesa pascual, es un problema de muchos católicos, porque quién cree que cada uno tiene un poco de la verdad, significa que la suma de todos hace la verdad total, significa que Jesús “no es la verdad”. No conviene acercarse a la comunión en este estado. También vean si están de acuerdo con las leyes que hoy promulga el mundo con aceptación y omisión de tantos católicos que miran para otro lado, porque todo esto se llama “relativismo” y significa: Negar a Cristo como verdad, negar la existencia de Dios. (Lean la Secuencia del Corpus Cristi que se leyó en las misas del domingo 6-6-10. Al final de la nota).

Yo soy la Vida: Es como si Cristo te dijera: “Si tú me sigues experimentarás una plenitud de sentimientos y una intensidad de vivencia que jamás imaginaste”.

Todo este escrito se lo dedico a la Excelsa Madre de Dios y Madre de todos los hombres, María Santísima. Amén.



Secuencia del Corpus Cristi en Misa del domingo 6 de junio

Al Salvador alabemos, que es nuestro pastor y guía. Alabémoslo con himnos y canciones de alegría.

Alabémoslo sin límites y con nuestras fuerzas todas; pues tan grande es el Señor, que nuestra alabanza es poca. Gustosos hoy aclamamos a Cristo, que es nuestro pan, pues él es el pan de vida, que nos da vida inmortal.

Doce eran los que cenaban y les dio pan a los doce. Doce entonces lo comieron, y, después, todos los hombres. Sea plena la alabanza y llena de alegres cantos; que nuestra alma se desborde en todo un concierto santo.

Hoy celebramos con gozo la gloriosa institución de este banquete divino, el banquete del Señor.

Esta es la nueva Pascua, Pascua del único Rey, que termina con la alianza tan pesada de la ley. Esto nuevo, siempre nuevo, es la luz de la verdad, que sustituye a lo viejo con reciente claridad.

En aquella última cena Cristo hizo la maravilla de dejar a sus amigos el memorial de su vida. Enseñados por la Iglesia, consagramos pan y vino, que a los hombres nos redimen, y dan fuerza en el camino. Es un dogma del cristiano que el pan se convierte en carne, y lo que antes era vino queda convertido en sangre.

Hay cosas que no entendemos, pues no alcanza la razón; mas si las vemos con fe, entrarán al corazón. Bajo símbolos diversos y en diferentes figuras, se esconden ciertas verdades maravillosas, profundas.

Su sangre es nuestra bebida; su carne, nuestro alimento; pero en el pan o en el vino Cristo está todo completo. Quien lo come, no lo rompe, no lo parte ni divide; él es el todo y la parte; vivo está en quien lo recibe. Puede ser tan sólo uno el que se acerca al altar, o pueden ser multitudes: Cristo no se acabará. Lo comen buenos y malos, con provecho diferente; no es lo mismo tener vida que ser condenado a muerte.

A los malos les da muerte y a los buenos les da vida. ¡Qué efecto tan diferente tiene la misma comida! Si lo parten, no te apures; sólo parten lo exterior; en el mínimo fragmento entero late el Señor. Cuando parten lo exterior, sólo parten lo que has visto; no es una disminución de la persona de Cristo.

*El pan que del cielo baja es comida de viajeros. Es un pan para los hijos. ¡No hay que tirarlo a los perros! Isaac, el inocente, es figura de este pan, con el cordero de Pascua y el misterioso maná.

Ten compasión de nosotros, buen pastor, pan verdadero. Apaciéntanos y cuídanos y condúcenos al cielo. Todo lo puedes y sabes, pastor de ovejas, divino.

Concédenos en el cielo gozar la herencia contigo.

Amén.


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